El secuestro y asesinato del médico José Antolín Montero Alpírez en Poza Rica no sólo ha provocado indignación social, sino que vuelve a colocar bajo escrutinio la crisis de seguridad en el norte de Veracruz, una región marcada por la presencia de grupos delictivos y una constante disputa territorial.
El cirujano fue privado de la libertad el lunes y posteriormente localizado sin vida en un terreno baldío de la colonia Revolución, con claras huellas de tortura, el rostro cubierto con cinta y atado de pies, de acuerdo con reportes locales. Versiones extraoficiales señalan que, a pesar del pago de rescate por parte de su familia, los captores decidieron asesinarlo, un patrón que se ha repetido en otros casos de secuestro en el país.
Un perfil reconocido y respetado
Montero Alpírez no era una víctima anónima. Se trataba de un médico con amplia trayectoria en el sistema de salud regional. Fue director del Hospital Regional de Poza Rica en dos ocasiones, además de desempeñarse como Subdirector y Jefe del Servicio de Cirugía, consolidando una carrera marcada por la disciplina y el compromiso con sus pacientes.
También colaboró en la Unidad Médico Quirúrgica “Dr. Gervacio Aguilar”, donde continuó ejerciendo la medicina incluso en etapas avanzadas de su vida profesional. Sus colegas lo describen como un “profesional incansable”, que seguía operando y atendiendo consultas, muchas veces sin cobrar a pacientes de escasos recursos.
Indignación social y duelo colectivo
El asesinato generó una ola de indignación y tristeza en la comunidad médica y social. El doctor Juan Dávila Ledezma, cercano al cirujano, calificó el crimen como una “blasfemia”, resaltando no sólo su calidad profesional, sino sus valores personales: “la sencillez, la humildad y una vocación genuina de servicio”.
Testimonios en redes sociales también reflejan el impacto emocional del caso. Usuarios lamentaron que la violencia no haya distinguido ni su edad, ni su trayectoria, ni su aportación a la sociedad, cuestionando el nivel de descomposición social que permite este tipo de crímenes.
Violencia persistente y secuestro como mecanismo de presión
El caso ocurre en un contexto donde el secuestro sigue siendo una práctica recurrente en diversas regiones del país, particularmente en zonas con alta presencia del crimen organizado. Veracruz, y en específico el corredor del norte petrolero, ha sido identificado como un punto crítico por la combinación de actividad económica, rutas estratégicas y debilidad institucional en seguridad.
El hecho de que, aun con el pago de rescate, la víctima haya sido asesinada, evidencia un cambio en la lógica criminal, donde el objetivo no siempre es únicamente económico, sino también de control territorial, intimidación o ajuste de cuentas.
Un crimen que trasciende lo individual
El asesinato de José Antolín Montero Alpírez no sólo representa la pérdida de un médico destacado, sino que envía un mensaje alarmante: la violencia en México ha alcanzado incluso a quienes dedican su vida a salvar otras.
La ejecución de un perfil como el suyo refleja una ruptura del tejido social, donde el reconocimiento, la trayectoria y el servicio público ya no funcionan como barreras frente al crimen.
En un entorno donde la impunidad sigue siendo un factor dominante, casos como este profundizan la percepción de que la seguridad continúa siendo una asignatura pendiente, incluso para sectores tradicionalmente respetados dentro de la comunidad.











