La Avenida Paseo de la Reforma y el Zócalo han sido testigos de la historia reciente de México, pero los sucesos tras la marcha de la “Generación Z” del pasado sábado marcan un punto de inflexión alarmante. Lo que se ha desplegado en el corazón de la Ciudad de México no es solo un operativo de contención, sino la consolidación de una política de criminalización de la protesta social, cuyo nivel de agresividad legal y represión policial no tiene precedentes cercanos en lo que va del siglo XXI.
I. La Coartada Legal: De Daños a Tentativa de Homicidio
La respuesta institucional liderada por la Fiscalía General de Justicia (FGJ), con Bertha Alcalde Luján a la cabeza, ha sido de una severidad inusitada. El informe de 18 personas acusadas, destacando cargos de tentativa de homicidio, es el eje central de esta nueva estrategia punitiva.
Durante las últimas dos décadas, la represión en el Zócalo se saldaba con acusaciones de ultrajes a la autoridad o daños a la propiedad. Elevar el estándar a tentativa de homicidio por agresiones a policías (sin que mediara el uso de armas de fuego por parte de los manifestantes, según los reportes) es un salto cualitativo.

Este movimiento legal cumple un doble propósito:
- Legitimar la Fuerza: Justifica ex post facto el uso de la fuerza policial extrema, al catalogar a los manifestantes como delincuentes de alto peligro.
- Efecto Disuasorio: Envía un mensaje escalofriante a cualquier joven o colectivo que pretenda marchar hacia el Zócalo: el precio de la confrontación no es una multa o una noche en el torito, sino una potencial condena de prisión mayor.
El Contraste Visual: La Brutalidad Innegable
La narrativa de la “defensa heroica” de los policías, si bien puede ser cierta en casos puntuales de agresión, se desmorona ante la evidencia gráfica de los excesos. El Zócalo se convirtió en un escenario de cacería donde se evidenció la falta de profesionalismo y la sed de venganza en algunos cuerpos policiales.
- El Joven Pateado: Los videos de un manifestante ya sometido y pateado repetidamente en el suelo por varios agentes son la prueba más clara de la violación al principio de proporcionalidad. La fuerza debe cesar una vez que el peligro ha sido neutralizado. Golpear a un hombre en el suelo no es contener; es castigar y abusar de la autoridad.
- El Símbolo Patriótico Violentado: La detención violenta y el maltrato a un joven que enarbolaba la Bandera Nacional agrava la percepción. Al reprimir con saña a ciudadanos que portan el símbolo de la nación, la policía no solo violenta al individuo, sino que parece despreciar el derecho de reunión que esa misma nación garantiza.
Mientras la Fiscalía acelera los procesos contra los manifestantes, la Jefa de Gobierno se limitó a anunciar una “investigación exhaustiva” y la suspensión inicial de un puñado de agentes. Esta disparidad en la velocidad y contundencia es la manifestación del doble estándar: justicia pronta y dura para el ciudadano; justicia lenta y de proceso interno para el policía.
III. La Estrategia del Zócalo Acorazado
Esta escalada de violencia y criminalización no es un hecho aislado, sino la culminación de una estrategia implementada en los últimos años para blindar el centro del poder. El uso masivo de vallas metálicas , que transforman el Zócalo en una fortaleza antes de cada manifestación clave, no es una medida de protección, sino un dispositivo de provocación.
Al negar el acceso a la principal plaza pública, el gobierno fuerza la confrontación en lugar de gestionarla. El mensaje es claro: la plaza es del poder, no de la ciudadanía.
El costo de esta estrategia es alto para la democracia:
- Deterioro de la Confianza: La ciudadanía percibe que la represión es un ejercicio de poder punitivo más que de orden.
- Cierre de Válvulas Sociales: Al criminalizar y violentar la protesta, se cierran los canales de expresión legítima, lo que paradójicamente puede radicalizar a los grupos marginados.
La defensa del orden debe basarse en la legalidad y el respeto a los derechos humanos, no en la exhibición del músculo represor que, hoy más que nunca, asemeja a las épocas más oscuras que la sociedad creyó haber dejado atrás.











