La Presidenta Claudia Sheinbaum reiteró que no asistirá a la inauguración del Mundial en el Estadio Azteca, sino que observará el evento desde el Zócalo. Con esta decisión rompe una tradición que se ha mantenido ininterrumpida desde 1930: 22 jefes de Estado de países anfitriones han encabezado la inauguración del torneo más visto del planeta.
Sheinbaum sería la primera excepción.
La ironía es que hoy mismo viajará a Washington, donde participará en el sorteo oficial del Mundial y sostendrá una reunión breve pero políticamente crucial con Donald Trump, quien ya amagó con dejar expirar el T-MEC o renegociarlo bajo condiciones más duras para México.
Ante ello surge una pregunta inevitable:
¿Por qué sí se expone en Washington… y no en el Estadio Azteca?
El Estadio Azteca no es cualquier escenario. Para la inauguración asistirán casi 100 mil personas con boleto pagado, sin promociones masivas, sin acarreados, sin operadores que regulen la atmósfera. Es un público imposible de controlar y, por lo mismo, un público que expresa con absoluta libertad su aprobación o su rechazo.

Un abucheo masivo, en esas condiciones, sería espontáneo y devastador. Y nadie en Morena tendría capacidad de contrarrestarlo.
El recuerdo de 1986 es inevitable. Miguel de la Madrid sufrió en ese mismo estadio una rechifla histórica en medio de la crisis y el desgaste del sistema priista. Aquella escena se convirtió en símbolo político. Un estadio lleno puede sintetizar mejor que cualquier encuesta el estado emocional del país.
En contraste, el Zócalo es territorio perfectamente controlado por Morena. Ahí todo puede ser orquestado: porras, mensajes, accesos, narrativa, ritmo del evento. Ahí no hay riesgo de disenso visual ni sonoro. Ahí la épica se fabrica, no se mide.
Por eso la ausencia de Sheinbaum en el Azteca tiene una lectura ineludible:
la Presidenta evita el único espacio donde no puede controlar el ánimo nacional.
Hoy buscará mostrarse firme ante Donald Trump, pero en México decide no enfrentarse a una multitud autónoma que podría revelar un sentimiento distinto al que se narra todos los días desde Palacio Nacional.
La Presidencia requiere temple, incluso frente a escenarios adversos. Y la política exige exponerse a la realidad, no sólo a los escenarios coreografiados.
Sheinbaum tendrá ovaciones garantizadas en el Zócalo. Pero la verdadera prueba —la que mide el pulso del país sin filtros ni operadores— estaba en el Estadio Azteca.










