La política de “no intervención” —cuando conviene a la 4T— y la alineación con regímenes autoritarios de izquierda colocan a México en ruta de colisión con la estrategia de máxima presión y control hemisférico de Donald Trump.
La colisión entre México y Estados Unidos ya no es una hipótesis lejana: es un escenario en formación acelerada. La postura del gobierno de Claudia Sheinbaum frente a la dictadura de Nicolás Maduro, combinada con el arranque del proceso de revisión del T-MEC, se inserta ahora en un marco mucho más amplio y peligroso: la reactivación de una Doctrina Monroe 2.0 bajo el liderazgo de Donald Trump.
Esta nueva versión de la doctrina no es diplomática ni retórica. Es operativa. Parte de una premisa central: América Latina vuelve a ser considerada zona de influencia directa de Estados Unidos, y cualquier ambigüedad, neutralidad o coqueteo con regímenes autoritarios será tratado como una amenaza estratégica.
La política mexicana de “no intervención”, aplicada de forma selectiva por la Cuarta Transformación, choca frontalmente con esta visión. Para Trump, la neutralidad frente a dictaduras como la de Maduro no existe. En su lógica, el silencio equivale a complicidad, y la afinidad ideológica se convierte en alineamiento político.

Los hechos recientes aceleran el choque. La concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado y su aparición en Oslo —tras burlar el cerco del régimen venezolano— representaron una derrota simbólica para el chavismo y una señal inequívoca para el hemisferio. Mientras buena parte del mundo democrático interpretó el reconocimiento como una condena directa a Maduro, el gobierno de Claudia Sheinbaum optó por el silencio y el rechazo a felicitar a la líder opositora.
Ese silencio, en el contexto de la Doctrina Monroe 2.0, no es neutralidad: es definición. Y en Washington se interpreta como un gesto de alineación tácita con el bloque autoritario latinoamericano.
Trump ha dejado claro que Venezuela, Cuba y Nicaragua forman parte de un mismo eje de desestabilización regional, con vínculos crecientes con Rusia, China e Irán. Bajo esta lógica, México no es un actor periférico: es el país clave. Vecino inmediato, socio comercial estratégico y frontera sur de facto de Estados Unidos. Cualquier desviación ideológica en México adquiere un peso exponencial.
El problema es que este choque se produce en el peor momento posible: cuando comienza la revisión del T-MEC. Trump ya ha advertido que el tratado no es intocable y que puede convertirse en una herramienta de presión política, comercial y de seguridad. Migración, cárteles designados como organizaciones terroristas, fentanilo, control fronterizo y ahora política exterior: todos los expedientes están interconectados.
La Doctrina Monroe 2.0 no separa comercio de geopolítica. Los fusiona. El T-MEC deja de ser solo un acuerdo económico para convertirse en un instrumento de disciplinamiento estratégico. Y México, con su discurso de soberanía selectiva y su ambigüedad frente a Maduro, llega a esta negociación en una posición vulnerable.
La narrativa interna de la 4T —basada en autodeterminación y rechazo a la intervención— puede funcionar políticamente en casa, pero resulta insuficiente frente a un Estados Unidos dispuesto a utilizar aranceles, paneles de controversia, sanciones y presiones financieras como mecanismos de coerción hemisférica.
El choque Trump–Sheinbaum no será discursivo ni simbólico. Será material, medible y costoso. Y todo indica que el primer impacto no vendrá únicamente por el comercio, sino por la decisión del gobierno mexicano de colocarse, de facto, en el lado incorrecto de una disputa que Washington considera estratégica y existencial.
Si la Cuarta Transformación apostó a que el silencio frente a Venezuela no tendría consecuencias, la Doctrina Monroe 2.0 está diseñada precisamente para castigar ese tipo de ambigüedades. El conflicto ya está en marcha. Lo único que falta es el detonador formal.










