La 4T insiste en demostrar que la cercanía al poder pesa más que la experiencia técnica. Claudia Sheinbaum nombró a Miguel Torruco Garza como Subsecretario de Prevención de las Violencias -en la secretaría que encabeza Omar García Harfuch– y justificó el movimiento con una frase que parece sacada de un sketch político más que de una estrategia de seguridad: “Porque tiene experiencia en organizar clases de boxeo”. En un país donde los cárteles dominan regiones enteras, cobran piso hasta al vendedor de tortillas y operan con fusiles Barrett, la prevención del delito queda, según el gobierno, en manos de guantes, costales y sparrings.
Pero lo más irónico es que el boxeo, en este contexto, no puede ser un elemento de presunción moral ni de legitimidad pública. La figura deportiva más cercana a la narrativa de la Cuarta Transformación es Julio César Chávez, rostro recurrente en actos gubernamentales y símbolo del deporte nacional, quien ha contado abiertamente en entrevistas su relación de amistad y cercanía con líderes del narco de los años 90, incluyendo capos históricos del Cártel de Sinaloa y del Golfo. Si el referente ético-deportivo del régimen presume amistades con criminales, ¿cómo se convierte la organización de clases de boxeo en credencial para dirigir la política de prevención de violencias?

La respuesta, aunque incómoda, es evidente: no se trata de méritos, sino de apellidos. Torruco Garza llega al cargo sin especialización en seguridad pública, criminología ni análisis de violencia. Su experiencia ha sido legislativa y en promoción deportiva, pero su capital verdadero es otro: ser hijo de Miguel Torruco Marqués, ex secretario de Turismo de AMLO y pieza importante del primer círculo político del obradorismo. A eso se suma una conexión aún más poderosa: Carlos Slim Domit está casado con su hermana, lo que convierte al nuevo subsecretario en cuñado directo del heredero del imperio Slim, el grupo empresarial más rico del país.
La austeridad y el anticlasismo, una vez más, quedan en discurso. La práctica demuestra que los privilegios no se desmontan, solo cambian de familia. La 4T criticó durante años el nepotismo priista-panista, pero hoy lo reproduce con naturalidad quirúrgica: los hijos del régimen se vuelven subsecretarios, los amigos embajadores, los aliados consejeros y los críticos, adversarios del pueblo.
El gobierno defiende que Torruco aplicará estrategias preventivas desde el deporte y la cultura. Pero las preguntas de fondo siguen ahí:
¿Puede la prevención funcionar sin inteligencia, presupuesto, control territorial ni experticia técnica?
¿Puede un modelo basado en boxeo y talleres comunitarios enfrentar un fenómeno criminal transnacional?
¿Es razonable entregar la seguridad preventiva del país a un nuevo heredero político?
México no necesita inspiración motivacional, necesita Estado. Y el Estado se construye con preparación, profesionalismo y resultados, no con redes familiares ni con anécdotas deportivas. El nombramiento de Torruco Garza envía un mensaje peligroso: la seguridad pública, incluso en su dimensión preventiva, se gobierna hoy como si fuera un club social con acceso por invitación, no un desafío nacional de emergencia.
Mientras la violencia avanza, la 4T responde con juniorismo. Y Sheinbaum remata con una frase que, quizá sin querer, define la época: “Lo nombramos porque sabe organizar clases de boxeo”.











