México cerró 2025 con una deuda externa que ya roza los niveles de Brasil, la mayor economía de América Latina. De acuerdo con datos del Banco Mundial citados por Forbes México, la deuda externa mexicana alcanzó alrededor de 591 mil millones de dólares, mientras que la de Brasil fue de 605 mil millones.
La diferencia clave no está en el monto, sino en el tamaño de las economías. Brasil tiene un PIB considerablemente mayor, una base industrial más amplia y mayor capacidad de absorción financiera. México, en cambio, enfrenta un crecimiento económico moderado y una estructura productiva más vulnerable.
En enero de 2026, el gobierno de Claudia Sheinbaum colocó 9 mil millones de dólares en deuda soberana, marcando el tercer año consecutivo con emisiones récord en los mercados internacionales. La tendencia confirma una estrategia basada en el endeudamiento para financiar el gasto público.
La deuda no es negativa por definición. Muchos países la utilizan como palanca de desarrollo. El riesgo aparece cuando crece más rápido que la economía, se usa para gasto corriente y no para inversión productiva, aumenta el costo de intereses y se depende de financiamiento externo. México cumple hoy con varios de estos factores de riesgo.
El propio Banco Mundial advirtió que el país no está fuera de peligro, debido al incremento del pago de intereses, que ya supera los 15 mil millones de dólares anuales.
Uno de los efectos más preocupantes es la reducción del margen fiscal. Cada peso destinado a pagar intereses es un peso menos para hospitales, escuelas, infraestructura y seguridad pública. Si la deuda sigue creciendo, el gobierno tendrá menos capacidad de responder a crisis sociales, sanitarias o de seguridad.
Además, al depender de los mercados financieros internacionales, México queda expuesto a subidas de tasas en Estados Unidos, salida de capitales, tensiones geopolíticas y devaluaciones del peso. Una crisis internacional podría encarecer drásticamente el servicio de la deuda y presionar al tipo de cambio.
Con un crecimiento proyectado cercano al 1.5% anual, México no genera suficiente dinamismo económico para compensar el aumento del endeudamiento. Sin inversión productiva, innovación tecnológica y mayor productividad, la deuda se convierte en un freno, no en un motor de desarrollo.
Otro riesgo es el efecto sobre las futuras administraciones. El endeudamiento actual compromete el margen de maniobra de los próximos gobiernos, que tendrán menos espacio para programas sociales, infraestructura o estímulos económicos, porque la prioridad será pagar pasivos heredados.
Desde una perspectiva editorial, el gobierno de Claudia Sheinbaum ha optado por una política de financiamiento agresivo, apostando a que los mercados seguirán confiando en México. Sin embargo, esa confianza no es infinita. El problema no es solo cuánto se debe, sino para qué se debe.
Si la deuda no se traduce en crecimiento sostenido, mayor competitividad, infraestructura productiva, seguridad jurídica e inversión privada, el país corre el riesgo de entrar en una trampa de endeudamiento: pedir prestado solo para pagar lo anterior.
México no es Brasil. No tiene su tamaño, su mercado interno ni su capacidad fiscal. Igualar sus niveles de deuda sin igualar su fortaleza económica es una señal de alerta.
El discurso oficial presume estabilidad, pero los datos muestran un país que avanza con una carga financiera cada vez más pesada, en un entorno global incierto y con un crecimiento interno débil.
La deuda récord de 2026 no es solo una cifra histórica. Es una decisión que condicionará el futuro económico de México durante años. Sin una estrategia clara de desarrollo productivo, el endeudamiento deja de ser una herramienta y se convierte en una amenaza que se traduce en menos recursos públicos, mayor vulnerabilidad externa, menor crecimiento y más presión fiscal.










