Insoportable el “Marxismo” para la izquierda de Claudia que desborda en crisis

La escandalosa expulsión de Marx Arriaga se da entre escándalos de corrupción, revelaciones de Julio Scherer, fallas en obras emblemáticas, violencia desbordada y revelaciones desde el propio núcleo del poder, la izquierda oficialista enfrenta no sólo a la oposición, sino a sus propias contradicciones.

La escena fue tan simbólica como incómoda: Marx Arriaga, el arquitecto intelectual de los nuevos libros de texto del obradorismo, atrincherado en su oficina de la Secretaría de Educación Pública, de Mario Delgado -ex presidente de Morena- retando a los agentes de seguridad a sacarlo “esposado”, mientras acusaba traición a los principios de la Cuarta Transformación.

Las escenas de tragicomedia vergonzosa, además de sonrojar a Claudia Sheinbaum, debieron endurecer aún más ese rostro que no puede ocultar en las cámaras de la conferencia mañanera el reflejo de una crisis tras otra.

Unas horas antes fue la bomba del libro “Ni venganza ni perdón” de Julio Scherer Ibarra que promete seguir durante semanas; otras más: la desaparición y ejecución de 10 mineros en Sinaloa de la canadience Vizla Silver; dias antes: los 14 muertos en el descarrilamiento del Tren Interoceánico. El caso es que la mecánica de corrupción e ineptitud de la Cuarta Transformación no le da tregua

De vuelta: la Secretaría de Educación Pública le había notificado a Marx Arriaga su destitución como director general de Materiales Educativos. La instrucción, emitida a través de la Unidad de Asuntos Jurídicos y el Órgano Interno de Control, establecía que a partir del 16 de febrero habría un nuevo nombramiento.

Pero Arriaga no aceptó la baja. Convocó a maestros disidentes, encabezó una conferencia de prensa dentro de la dependencia y acusó directamente al titular de la SEP, Mario Delgado, de intentar desmontar los contenidos educativos que él impulsó durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador.

“Es por el crimen de hacer libros de texto”, lanzó, mientras desafiaba a los elementos de seguridad a desalojarlo por la fuerza. El video del recorrido de Arriaga por los pasillos de la SEP es un síntoma premonitorio para el análisis político.

La destitución de Arriaga abre una paradoja política de alto voltaje: en un gobierno que se asume “orgullosamente de izquierda”, el funcionario más identificado con el giro ideológico en los contenidos educativos termina expulsado.

Claudia Sheinbaum ha reiterado que su proyecto profundiza el humanismo mexicano y que incluso se sitúa más a la izquierda que su antecesor, pero el episodio revela tensiones que se comentaban, no, aquí la escena superó el imaginario.

El juego irónico es inevitable: el “marxismo” resulta incómodo en la administración que reivindica su identidad progresista. Entre los “puros”, Marx Arriaga se había convertido en emblema de los libros de texto que rompieron con el modelo pedagógico previo y desataron una tormenta política, jurídica y mediática, aunque malechos y llenos de errores ortográficos.

Marx podría incluir esta línea de tiempo en su propio “Manifiesto”: en 2021 rediseñó 18 libros de primaria en dos semanas; sólo entregó dos, con errores gramaticales; en 2022 cuestionó abiertamente el modelo “neoliberal” de producción editorial; en 2023 minimizó los errores detectados en los nuevos materiales, calificándolos como “áreas de oportunidad”; y a finales de 2025 convocó a una “refundación” de la dependencia de Mario Delgado, y denunció un intento de “privatizar la educación”.

Su discurso siempre estuvo cargado de confrontación ideológica. Defendió una pedagogía crítica que cuestionaba la disciplina escolar tradicional y los esquemas de planeación didáctica, a los que calificó como dinámicas de “enajenación”.

Fuentes internas señalan que desde la subsecretaría de Educación Básica se le había pedido ajustar contenidos sin “justificación pedagógica”, según denunció el propio Arriaga. Él lo interpretó como una renuncia a los principios del obradorismo.

La ruptura pública sugiere algo más profundo: una disputa por el rumbo ideológico del aparato educativo en la nueva etapa del gobierno.

Si el obradorismo utilizó los libros de texto como instrumento de transformación cultural, el actual relevo podría marcar un matiz, una moderación o incluso un intento de despresurizar un frente que generó litigios en la Suprema Corte y tensiones con sectores empresariales y académicos.

Peor aún, La izquierda oficialista ya no gobierna con la mística intacta. Arrastra el lastre de Segalmex, más de 15 mil millones de pesos en irregularidades bajo la gestión de Ignacio Ovalle, un protegido político del obradorismo. Arrastra el escándalo del huachicol fiscal, que salpicó a estructuras bajo el control de la Secretaría de Marina del almirante Rafael Ojeda Durán en el sexenio de AMLO. Arrastra el fracaso del Insabi, desmontado tras no cumplir su promesa de salud universal y sustituido en medio de una transición caótica.

Y también carga con la controversia permanente de los proyectos emblemáticos: el Tren Maya, el Aeropuerto Felipe Ángeles y el Tren Interoceánico, defendidos como palancas de desarrollo pero cuestionados por subsidios, sobrecostos y resultados desiguales. El discurso de la transformación se sostiene, pero cada vez requiere más explicaciones y menos épica.

A ello se suman las acusaciones mediáticas sobre los negocios de los hijos de López Obrador: Andrés, José Ramón y Gonzalo López Beltrán, que, más allá de su desenlace jurídico, erosionan el principio fundacional del movimiento: “no somos iguales”. La izquierda que llegó con superioridad moral ahora gobierna bajo sospecha permanente.

Y, como si fuera poco, el libro de Julio Scherer Ibarra, “Ni venganza ni perdón”, abrió fuego desde dentro. El ex consejero jurídico de AMLO exhibe pugnas, presuntas redes de influencia y coloca en el centro a figuras como Jesús Ramírez Cuevas, hoy jefe de asesores de Sheinbaum. Cuando la crítica proviene del núcleo íntimo del poder, el daño no es opositor: es fratricida.

La izquierda contra sí misma

El episodio ilustra una constante histórica: las pugnas más intensas suelen darse dentro de las propias corrientes ideológicas. La izquierda oficialista enfrenta ahora el dilema de administrar el poder sin renunciar a su narrativa transformadora.

En el plano regional, el proyecto hegemónico de la izquierda latinoamericana parece en retroceso: la caída del régimen dictatorial de Nicolás Maduro en Venezuela y el tratamiento de su gobierno como narco-estado por parte de Washington refuerzan el cerco externo y acciones militares encubiertas, ejemplifican un enfoque que combina combate al narco con ofensivas geopolíticas contra gobiernos aliados a la izquierda.

La dictadura castrista de Miguel Díaz-Canel en Cuba vive bajo un cerco estadounidense endurecido, acompañado de sanciones económicas que limitan incluso el sector salud y la importación de bienes básicos, lo que obliga a gobiernos latinoamericanos a responder o posicionarse, fracturando bloques tradicionales de solidaridad regional. Mientras tanto, la izquierda electoral sufre derrotas en países clave, debilitando alianzas y reforzando la percepción de que las narrativas ideológicas tradicionalistas ya no tienen tracción ante electorados exigentes.

En las últimas horas, Marx Arriaga habló de “traición”, sin embargo, queda una pregunta que trasciende al personaje: ¿Hasta dónde está dispuesto el gobierno de Sheinbaum a sostener el proyecto cultural heredado?

La expulsión de “Marx” de la SEP no sólo es un movimiento administrativo, es el debordamiento de una crisis tras otra, en un régimen que después de 7 años no puede salir de su eterna improvización, incapaz de controlar la insultante corrupción y que demuestra total incompetencia.

hugorenepaez@gmail.com

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