
“Manuelito, qué bueno que te veo. Quiero decirte que estás muy equivocado: Harfuch ¡jamás!, ¡escúchalo bien!, ¡jamás va a ser candidato de Morena! Que te quede bien, bien claro”.
Con el índice levantado, manoteando al aire y señalando directamente a Manuel Velasco Coello, coordinador de los senadores del Partido Verde, la senadora morenista Malú Micher lanzó una advertencia que refleja las tensiones por la sucesión presidencial de 2030.
La legisladora, una de las más cercanas defensoras de Marcelo Ebrard Casaubón, desde la contienda interna presidencial de 2024, reaccionó airadamente ante el prematuro lanzamiento de Omar García Harfuch como posible candidato presidencial de la alianza oficialista.
Y aunque Micher no pronunció el nombre del actual secretario de Economía, resulta inevitable relacionar su reclamo con las disputas que comienzan a surgir entre quienes aspiran a suceder a Claudia Sheinbaum Pardo.
La escena es reveladora: el futurismo presidencial se desató en Morena cuando todavía faltan casi nueve meses para las elecciones intermedias de 2027 y cuatro años para la renovación de la Presidencia de la República.
Todo comenzó cuando Manuel Velasco, exgobernador de Chiapas y uno de los principales operadores del Partido Verde Ecologista de México (PVEM), decidió lanzar un piropo político al secretario de Seguridad y Protección Ciudadana.
“Es como el Pedro Infante de la política”, declaró Velasco al destacar la popularidad de García Harfuch y señalar que, si decidiera participar en la sucesión presidencial de 2030, sería un proyecto competitivo.
La comparación con el ídolo del cine mexicano fue interpretada como un destape presidencial anticipado, aunque posteriormente el senador intentó matizar sus declaraciones y aseguró que no había destapado a nadie.
Sin embargo, el mensaje ya estaba colocado sobre la mesa: el Partido Verde contempla a Omar García Harfuch como una carta para negociar su participación en la sucesión presidencial, incluso antes de que Morena defina las reglas del proceso.
Y allí apareció Malú Micher, quien prácticamente le gritó a Velasco que Harfuch jamás sería candidato de Morena.
La reacción tiene varias lecturas.
La primera es que García Harfuch comienza a incomodar a sectores del oficialismo que no lo consideran parte del núcleo histórico del obradorismo. Su fortaleza política proviene de su exposición nacional, su trayectoria en seguridad y, principalmente, de la relación de confianza que mantiene con Claudia Sheinbaum.
La segunda es que Marcelo Ebrard continúa siendo un referente de una corriente política dentro de Morena, independientemente de que el secretario de Economía haya pedido públicamente que lo retiren de las listas de aspirantes presidenciales.
La tercera, quizá la más importante, es que la disputa por la candidatura presidencial comienza a desarrollarse entre las distintas facciones del partido gobernante y sus aliados, sin que exista todavía una definición sobre quién tendrá la última palabra.
Pero hay otro elemento que explica el apresuramiento de los grupos políticos: varios personajes que llegaron a figurar en las conversaciones sucesorias enfrentan hoy un considerable desgaste político.
Uno de ellos es Andrés Manuel López Beltrán, Andy, hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador.
El heredero político del fundador de Morena enfrenta cuestionamientos relacionados con sus vínculos personales con Jorge Amílcar Olán Aparicio, empresario tabasqueño cuyo nombre aparece en investigaciones periodísticas sobre contratos gubernamentales, intermediación empresarial y presunto tráfico de influencias.
Olán se convirtió en un personaje controvertido por sus relaciones con integrantes de la familia López Obrador y por los negocios asociados con proyectos estratégicos del gobierno federal, entre ellos el Tren Maya y otras obras de infraestructura.
A esos antecedentes se han sumado señalamientos sobre presuntas operaciones relacionadas con el huachicol fiscal, aunque no existe una sentencia que acredite responsabilidad penal de López Beltrán, quien ha rechazado las acusaciones.
Sin embargo, en política los escándalos producen consecuencias incluso antes de que concluyan las investigaciones judiciales.
Andy López Beltrán enfrenta el problema de construir una carrera presidencial bajo el peso de un apellido poderoso, pero también de controversias que alimentan las críticas sobre privilegios familiares, corrupción y tráfico de influencias.
Otro personaje cuyo proyecto político se ha visto seriamente comprometido es Adán Augusto López Hernández, exsecretario de Gobernación y exgobernador de Tabasco.
El golpe más severo provino del escándalo protagonizado por Hernán Bermúdez Requena, quien fue su secretario de Seguridad Pública durante el gobierno tabasqueño y terminó señalado por las autoridades como presunto dirigente de La Barredora, organización criminal vinculada con el Cártel Jalisco Nueva Generación.
Bermúdez Requena fue detenido en Paraguay en septiembre de 2025 y trasladado a México, donde permanece recluido en el penal federal del Altiplano, sujeto a un proceso penal.
El exfuncionario ha rechazado las acusaciones, y tampoco existe una determinación judicial que establezca que Adán Augusto López participó en las actividades criminales que se le atribuyen a su antiguo colaborador.
Pero la responsabilidad política plantea una pregunta inevitable: ¿cómo explicar que el responsable de combatir a la delincuencia en Tabasco terminara acusado de encabezar una organización criminal, sin que su superior advirtiera lo que presuntamente ocurría dentro de su propia administración?
La controversia representa un obstáculo político significativo para el exgobernador, quien durante años fue considerado uno de los hombres de mayor confianza de Andrés Manuel López Obrador.
Y ni se diga de Luz Elena González Escobar, secretaria de Energía y antigua colaboradora de Claudia Sheinbaum, quien también ha sido mencionada en conversaciones sobre el futuro político del grupo presidencial.
Sobre González circula una versión particularmente significativa en los corrillos del poder: su supuesto ímpetu futurista y las posturas que algunos interpretan como soberbias habrían provocado un distanciamiento con la presidenta Sheinbaum.
De acuerdo con esa lectura política, Luz Elena González habría perdido parte de la confianza y la cercanía presidencial que alguna vez alimentaron especulaciones sobre una eventual candidatura a Palacio Nacional.
Su caso permite observar otra característica del futurismo político mexicano: la cercanía con el poder puede convertirse en capital sucesorio, pero también en fuente de especulaciones sobre lealtades, ambiciones y rivalidades dentro del gabinete presidencial.
Mientras tanto, Omar García Harfuch ocupa un espacio relevante en la conversación pública sobre 2030, aunque su eventual participación dependerá de decisiones políticas que todavía no se han tomado.
No es un dato menor que su principal respaldo institucional sea la propia presidenta Claudia Sheinbaum, quien ha reconocido públicamente el trabajo del titular de Seguridad, pero también ha advertido que todavía falta mucho tiempo para hablar de la sucesión.
Y precisamente allí podría encontrarse el origen de una disputa mayor.
¿Quién decidirá realmente la candidatura presidencial de Morena en 2030? ¿Claudia Sheinbaum, Andrés Manuel López Obrador, los grupos internos del partido o los aliados que ya comenzaron a posicionar a sus posibles candidatos?
El Partido Verde conoce perfectamente el valor político de adelantarse.
Manuel Velasco sabe que colocar sobre la mesa el nombre de García Harfuch puede darle a su partido un espacio en la negociación de candidaturas, posiciones legislativas y acuerdos rumbo a 2027 y 2030.
No necesariamente significa que el Verde tenga una candidatura definida. Significa que sus dirigentes han comenzado a intervenir públicamente en una sucesión que Morena todavía no abre formalmente.
Y la reacción de Malú Micher exhibe las resistencias que pueden aparecer cuando uno de los aliados pretende influir en decisiones consideradas estratégicas para el partido mayoritario.
Porque el problema para Morena no es únicamente la identidad de sus posibles candidatos, sino las tensiones entre sus corrientes internas, la influencia política del expresidente López Obrador y el liderazgo que Claudia Sheinbaum busca consolidar durante su administración.
Además, la elección intermedia de 2027 será una prueba determinante para medir la fuerza de Morena, su relación con el Partido Verde y el Partido del Trabajo, y la capacidad de operación de las distintas facciones del oficialismo.
Por ahora, Marcelo Ebrard ha pedido que lo borren de la lista de presidenciables, Omar García Harfuch no ha anunciado aspiraciones, Andy López Beltrán y Adán Augusto López enfrentan controversias políticas, y sobre Luz Elena González circulan versiones de distanciamiento presidencial que no han sido confirmadas.
Pero los grupos que se mueven alrededor de estos personajes, y ya comenzaron a mostrar sus posiciones.











