Sheinbaum corre al palco de Trump a pesar del rechazo de cartas sobre migrantes asesinados

Si la muerte de connacionales era suficientemente grave, para anunciar cartas, denuncias y un frente común en su defensa, el rechazo estadounidense debió provocar una respuesta diplomática proporcional

La imagen resulta políticamente incómoda: mientras el gobierno de Estados Unidos rechaza las cartas enviadas por México para exigir explicaciones por la muerte de connacionales durante operativos migratorios o bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, la presidenta Claudia Sheinbaum acepta con rapidez la invitación de Donald Trump para acompañarlo en la final del Mundial de Futbol de 2026.

El partido entre Argentina y España se disputa este domingo 19 de julio en el estadio de Nueva York-Nueva Jersey, sin la participación de la Selección Mexicana. Sin embargo, Sheinbaum decidió trasladarse al encuentro, incluso en un avión militar después de que fue cancelado el vuelo comercial que originalmente utilizaría. La Presidencia justificó su presencia como un acto de diplomacia entre los tres países organizadores del torneo: México, Estados Unidos y Canadá.

El argumento diplomático es comprensible, pero no elimina la contradicción. Apenas unos días antes, la administración de Trump había devuelto las comunicaciones mexicanas relacionadas con las actuaciones del ICE, al considerar que constituían una intromisión en asuntos internos estadounidenses y que las inconformidades debían tramitarse estrictamente por los canales diplomáticos.

La respuesta de Washington no fue una diferencia menor de protocolo. Significó, en los hechos, el rechazo a una gestión mediante la cual México exigía esclarecer la muerte de 17 migrantes mexicanos vinculada con operativos, persecuciones, detenciones o periodos de custodia migratoria. El propio gobierno mexicano había anunciado denuncias y acciones legales para defender a las familias de las víctimas.

Por eso la asistencia presidencial a la final mundialista no puede analizarse únicamente como una cortesía deportiva. Ocurre cuando las operaciones del ICE se han endurecido, las detenciones se han multiplicado y diversos casos han terminado en muertes, incluidas personas abatidas por agentes migratorios que ni siquiera eran el objetivo central de los operativos.

La pregunta no es si Sheinbaum tiene derecho a asistir al partido. Desde luego que lo tiene. La pregunta es qué mensaje político transmite al hacerlo inmediatamente después de que Trump desestimó el reclamo mexicano.

Si la muerte de los connacionales era suficientemente grave para anunciar cartas, denuncias, asesoría jurídica y un frente común en su defensa, entonces el rechazo estadounidense debió provocar una respuesta diplomática proporcional: una exigencia pública, una reunión bilateral específica, una nueva nota formal o, cuando menos, el condicionamiento de cualquier encuentro presidencial a que el asunto fuera abordado directamente.

Pero hasta ahora la secuencia comunica otra cosa: Washington devuelve las cartas de protesta y México responde enviando a su presidenta al palco de Donald Trump.

El contraste es todavía más evidente porque la propia Sheinbaum había decidido no acudir a la inauguración del Mundial en la Ciudad de México y entregó su boleto a una joven indígena. También había sostenido que no asistiría a partidos debido a los elevados precios y a la exclusión de amplios sectores de la población. Sin embargo, cambió de postura cuando recibió la invitación directa de Trump.

Eso convierte el encuentro en un acto eminentemente político.

En el palco no estará solamente la aficionada al futbol, sino la jefa del Estado mexicano junto al presidente que encabeza una política de deportaciones masivas, persecución migratoria y fortalecimiento presupuestal del ICE. Estará frente al mandatario cuyo gobierno acaba de rechazar las gestiones mexicanas sobre las muertes de connacionales.

La Presidencia puede argumentar que la cercanía con Trump permite mantener abiertos los canales de negociación sobre comercio, seguridad, migración y la relación bilateral. Es cierto que México no puede romper el diálogo con su principal socio económico, y que la diplomacia obliga a mantener comunicación incluso durante los momentos de mayor tensión.

Pero la diplomacia no exige sonreír sin condiciones ni guardar silencio frente a los agravios. Mucho menos obliga a colocar una celebración deportiva por encima de una crisis humanitaria.

Pero si la visita se limita a la fotografía, el saludo protocolario y la celebración futbolística, la conclusión será inevitable: el reclamo por los migrantes tuvo más intensidad discursiva que peso político real.

Mientras las familias mexicanas exigen justicia, Trump recibirá a Sheinbaum en uno de los escaparates mediáticos más importantes del mundo. El presidente estadounidense aparecerá como anfitrión y líder regional; la mandataria mexicana, como invitada que acudió pese al desaire diplomático ocurrido apenas horas antes.

No se trata de pedir una política exterior basada en gestos teatrales ni rupturas improductivas. Se trata de exigir congruencia. Un gobierno no puede presentar la defensa de los migrantes como una causa nacional y, al mismo tiempo, actuar como si el rechazo de Washington fuera un simple incidente administrativo.

Los connacionales perseguidos, detenidos y muertos no pueden convertirse en material para el discurso de la conferencia matutina y después desaparecer frente a la oportunidad de ocupar un asiento en la final del Mundial.

La presencia de Claudia Sheinbaum junto a Donald Trump plantea así una pregunta que rebasa el futbol: ¿hasta dónde llega realmente la defensa de los mexicanos en Estados Unidos cuando esa defensa incomoda al hombre más poderoso de Washington?

Facebook
Twitter
LinkedIn
Pocket
WhatsApp

Sheinbaum corre al palco de Trump a pesar del rechazo de cartas sobre migrantes asesinados