
El sueño mundialista de México terminó otra vez en los octavos de final, esta vez en casa, ante su gente y en el escenario más simbólico del futbol nacional: el Estadio Azteca, también llamado Estadio Ciudad de México para esta Copa del Mundo.
La Selección Mexicana cayó 3-2 ante Inglaterra en un partido dramático, intenso y emocional, en el que el equipo nacional pasó de la ilusión al golpe, de la reacción al desgaste, y finalmente a una despedida que dejó lágrimas en la cancha y silencio en las tribunas.
El golpe inglés llegó con la contundencia de sus figuras. Jude Bellingham marcó un doblete en menos de dos minutos, aprovechando errores defensivos de México, y Harry Kane amplió la ventaja desde el punto penal. Inglaterra no necesitó dominar todo el partido para castigar con precisión quirúrgica los descuidos del equipo mexicano.
México, sin embargo, no se rindió. Antes del descanso, Julián Quiñones descontó para devolverle vida al partido y al estadio. En el segundo tiempo, Raúl Jiménez cobró con autoridad un penal que puso el empate y encendió la esperanza de una remontada histórica. El grito volvió al Azteca, pero la emoción no alcanzó para cambiar el destino.
La expulsión de Quansah dejó a Inglaterra con diez hombres y abrió una ventana que parecía definitiva para México. El Tri se volcó al frente, empujó con la energía de la tribuna y buscó por todos los caminos, pero se encontró una y otra vez con Pickford, convertido en una de las figuras del cierre del encuentro.

En los últimos minutos, México tuvo aproximaciones, centros, tiros de esquina y una sensación permanente de agonía. Incluso el portero subió en la última jugada, símbolo de un equipo que intentó hasta el final. Pero el gol no llegó. La lesión de Santiago Giménez en el tramo final terminó por profundizar una noche amarga para el futbol mexicano.
La eliminación dejó imágenes fuertes. Guillermo Ochoa salió entre lágrimas a despedirse de la afición, en una Copa del Mundo que también marcó su lugar en la historia al convertirse en uno de los pocos futbolistas con seis Mundiales disputados. Armando González, la “Hormiga”, quedó inconsolable sobre la cancha, mientras Javier “Chicharito” Hernández entró al campo para abrazarlo y darle apoyo.
La transmisión de SportsCenter resumió el sentimiento nacional con una frase que capturó el peso emocional de la derrota: “LAS LÁGRIMAS DE MEMO Y RAÚL SON LAS DE TODO MÉXICO… Los anfitriones lucharon en el Azteca pero no pudieron ante Inglaterra.”
La caída fue más dolorosa porque México había construido una ilusión distinta. La narrativa del “¿Y si sí?” había acompañado a una selección que llegaba respaldada por su condición de anfitriona, por el impulso de su afición y por la posibilidad de romper una barrera histórica. Pero el quinto partido volvió a quedar fuera del alcance.

Inglaterra avanzó a cuartos de final y mantuvo vivo su camino mundialista. México, en cambio, se despidió de su Mundial con una mezcla de orgullo, frustración y deuda pendiente. Peleó, reaccionó y compitió, pero no le alcanzó.
El Azteca fue testigo de otra noche grande y amarga para la Selección Mexicana: una derrota que no se explica por falta de corazón, sino por errores puntuales, contundencia rival y la incapacidad de aprovechar el momento en que Inglaterra quedó vulnerable. México volvió a quedarse en la orilla.











