Doce días después de que se perdió todo contacto con él, la familia de Julio César Arredondo Bojórquez confirmó la noticia que había intentado evitar mediante una intensa campaña de búsqueda: el estudiante de 21 años fue encontrado sin vida en Culiacán, una ciudad donde salir del trabajo y esperar un vehículo para volver a casa puede convertirse en una sentencia de muerte.
La noche del 20 de julio, aproximadamente a las 21:20 horas, Julio César terminó su jornada en una cafetería de la colonia Chapultepec. Dividía su tiempo entre el trabajo y los estudios. Según versiones difundidas durante su búsqueda, mientras esperaba un automóvil solicitado mediante una plataforma de transporte habría sido interceptado y privado de la libertad. Esa versión, sin embargo, no ha sido confirmada oficialmente como resultado de las investigaciones.
Desde aquella noche, familiares y amigos emprendieron una movilización en redes sociales. Compartieron fotografías, difundieron la ficha de búsqueda y solicitaron cualquier información que permitiera encontrarlo. Durante casi dos semanas, su rostro se convirtió en otro de los que circulan cotidianamente por las pantallas de los sinaloenses: jóvenes desaparecidos en una entidad sometida por la violencia criminal.

El cuerpo había sido localizado desde la tarde del 27 de julio, debajo del puente Morelos, sobre el paseo Niños Héroes, conocido como Malecón Viejo, frente a las instalaciones del Instituto Electoral del Estado de Sinaloa. La confirmación de su identidad llegó posteriormente, luego de la realización de pruebas genéticas.
Judith Sicairos, creadora de contenido que se identificó como prima del joven, comunicó el desenlace y agradeció la solidaridad recibida por la familia:
“Julio César ya regresó a casa. Lamentablemente, no fue como esperábamos, pero queremos agradecerles por todo el apoyo y el cariño que nos brindaron a nuestra familia. Nunca vamos a dejar de agradecer todo lo que hicieron por nosotros”.
La frase encierra la dimensión más dolorosa de la crisis: en Sinaloa, para muchas familias, encontrar a un desaparecido ya no significa necesariamente recuperarlo con vida. Significa, en demasiados casos, terminar con la incertidumbre mediante la identificación de sus restos.
La muerte de Julio César Arredondo Bojórquez no puede entenderse como un episodio aislado. Ocurrió en el contexto de la guerra entre las facciones conocidas como Los Chapitos y La Mayiza, desatada abiertamente en septiembre de 2024 después de la captura y traslado a Estados Unidos de Ismael “El Mayo” Zambada. Desde entonces, Culiacán y otros municipios padecen asesinatos, desapariciones, secuestros, enfrentamientos, desplazamientos y una alteración permanente de la vida cotidiana.
La población joven ha soportado una parte desproporcionada de esa violencia. Un informe de International Crisis Group documentó que, durante los primeros diez meses del conflicto, fueron asesinados al menos 55 menores de edad y cerca de 450 jóvenes de entre 18 y 28 años. Más del 40 por ciento de las víctimas de homicidio tenía menos de 28 años. La mayoría de las personas desaparecidas también se encontraba en ese rango de edad, aunque el organismo no pudo establecer una cifra precisa. International Crisis Group
No todos esos jóvenes pertenecían a organizaciones criminales. Muchos eran estudiantes, trabajadores o personas que quedaron atrapadas en una disputa en la que los grupos armados imponen sus propias reglas, seleccionan víctimas, reclutan por la fuerza y actúan con una libertad que revela la insuficiencia de las instituciones para proteger a la población.
El caso también expone la normalización del horror. La desaparición de una persona provoca una búsqueda desesperada; la aparición de un cuerpo abre otra espera, ahora por las pruebas de ADN; la confirmación permite sepultarlo, mientras una nueva ficha comienza a circular. Así se reproduce una cadena en la que la sociedad busca, identifica y entierra, pero rara vez conoce a los responsables o recibe justicia.











